LA TARDE SE HUNDIÓ EN MIS OJOS O

 

LA TARDE SE HUNDIÓ EN MIS OJOS

El torso arropado del retraído ocaso insociable, justo a punto de ser inhumado, es una pitanga lacerada, es una fruta entintada con sangre coagulada, es un tierno sol ciclópeo, espiando el ritmo cardíaco del alfabeto de las olas breves, a través de los visillos ingrávidos del pensamiento de las nubes. Yo he visto a este ocaso meterse en mi memoria, como una cortina galáctica con millones de filamentos doblados sobre la corteza de mis propios silencios de agua. Desenredando vuelos de extinguidos infinitos, Ahí estuve, y azulé latos soliloquios oscurecidos, de índigos recuerdos, mientras muy adentro de mi despojos, una soledad sin espejos estaba bebiéndose la difusa dramaturgia de la última bocanada del aleteo de mis delirios. Más allá, casi al borde del ombligo de las sombras, como dos clamores ominosos, galopando con el ritmo de la tarde, se abrazan dos negros árboles empobrecidos, suplicando, con voces cavernosas, al celaje de abejas muertas, ¡Ven mano de la noche, ven a vestirnos con tus escalofríos!
A veces soy el horno crematorio de mi propio ramo de agua.

Nelly Herrera – Argentina*